Un “sueño americano” con acento argentino: llegar y mantenerse

23/08/2020 | AFA - Argentinas en el Exterior - Ligas Internacionales - NWSL - Primera "A" - Seleccion Argentina | Por 

A pura gambeta y talento, muchas futbolistas argentinas lograron capitalizar la oportunidad de jugar al fútbol bajo la garantía que otorga una beca educativa. Sin importar el camino tomado para llegar a destino, una vez que alcanzaron ese lugar, mantenerlo no es tarea sencilla.

Informe especial por Romina Sacher y Lucio Orlando. Producción Sol Amato.

En esta segunda entrega, abordamos los desafíos de mantenerse al máximo nivel. De las cientos de miles de jugadoras que se prueban , solo el 2,4% logran hacerse con las escasas subvenciones otorgadas por las instituciones educativas de la elite conformada por la división uno del torneo. Esto produce una gran concentración de talentos, o sea las mejores jugadoras en las mejores universidades. Siendo formadoras de las futuras superestrellas de la disciplina, estas instituciones conforman competencias que no solo rebalsan de talento nato, sino que también fomentan una cultura de exigencia deportiva que es difícil de igualar. La experiencia de Luana Muñoz, Sophia Braun, Natalie Juncos, Laila Espamer, Sol Baldassini y Vicky Morán.

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“Me encanta estar rodeada de personas que quieren mejorar”

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Este ambiente competitivo es lo que motiva a Sophia Braun a seguir entrenando y creciendo como futbolista durante su estadía en la Universidad de Gonzaga. “Me encanta estar rodeada por personas que son parecidas a mí en el sentido de que quieren mejorar”, explica la mediocampista que formó parte del seleccionado argentino en el último Sudamericano Sub 20 de San Juan y San Luis. Persiguiendo los objetivos colectivos y tratando de alcanzar las metas personales, las jugadoras son las protagonistas de una “competencia extremadamente competitiva y cuyo nivel es realmente muy bueno”, según lo descrito por Braun.

Sophia entrenando en Gonzaga

Sumado al alto grado de habilidades que contiene la competencia, la forma en que se transmite y enseña a jugar al fútbol también es diferente a cualquier otra liga formativa en el mundo. “Acá siempre estamos tratando de crecer y adquirir nuevos hábitos que nos ayudan a entender mejor el deporte. Todo lo que entrenamos y aprendemos es por una razón y eso te lo explican constantemente”, expone Laila Espamer.

A pesar de haber concluido su carrera en el ámbito universitario tras jugar por cuatro años en el plantel de la Universidad de Martin Methodist College, Espamer reconoce que su desarrollo más grande como futbolista se dio al dar el salto a la pequeña academia del estado de Tennessee, en vez de los años en los que participó de torneos en su Córdoba natal o al integrar los planteles mayores de River y San Lorenzo. “No recuerdo muchas cosas puntuales sobre los entrenamientos en Argentina, pero acá me educaron cómo jugadora de fútbol. En nuestro país solo jugaba y me salían bien las cosas por mi talento”, reconoce.

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EL TORNEO

La National College Athletic Association (NCAA) alberga a más de 330 escuelas distribuidas desigualmente entre las conferencias que componen el panorama norteamericano, compitiendo en el certamen disputado entre los primeros días de agosto y los últimos de noviembre.

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Juncos en su época de estudiante

“Esta es la parte más intensa de jugar en el nivel colegial. Teníamos dos partidos por semana, pero seguíamos manteniendo la rutina de entrenamientos y estudios habituales”, explica Natalie Juncos sobre este ciclo otoñal deportivo del cual participó durante los dos primeros años bajo los colores de la Universidad de Florida y sus últimos dos con la camiseta de Houston.

En este periodo, los equipos completan un fixture compuesto entre 16 a 26 partidos, dependiendo del rendimiento y resultados cosechados. Entre los enfrentamientos se encuentran las clásicas rivalidades entre la división regional que se entrelazan con encuentros programados por las mismas escuelas frente a adversarios fuera de la conferencia que cumplen la función de recaudar fondos para financiar la disciplina o de fortificar el calendario.

Este último punto se vuelve fundamental para muchas de las instituciones que aspiran a finalizar la temporada entre las mejores del país: teniendo en cuenta el rendimiento, resultados cosechados y el grado de dificultad de los partidos disputados, se diagrama un ranking unificado en el que se organiza a todas las universidades de la máxima categoría. 

La finalidad de este proceso es seleccionar a las mejores plantillas para participar de la College Cup, torneo en el que participan 64 de las mejores escuadras universitarias por la corona más importante de la campaña. Los únicos equipos que tienen su pasaje asegurado a esta definición de enorme magnitud son los 31 planteles que, semanas antes, lograron consagrarse en los torneos internos de cada una de las conferencias que componen la 1° división.

Braun en el Sudamericano Sub 20

Dentro de este universo competitivo, Sophia Braun destaca a los claros favoritos que se pelean año tras año, temporada a temporada, el derecho a proclamarse como la mejor universidad de fútbol femenino: “Hay programas impresionantes en el torneo universitario, pero el mejor es Stanford. Tienen un equipo brillante que les va bien todas las temporadas, habiendo ganado el torneo nacional en dos de las últimas tres finales”.

Otra de las academias históricas que dominan la disciplina es la de los Tar Heels de Carolina del Norte. La reconocida universidad, alma mater de talentos generacionales en tantas otras ramas deportivas, levantó la copa más importante en 21 oportunidades diferentes.

A pesar del enorme desafío que representa hacerles frente a estos gigantes universitarios, Braun no se achica contra nadie, esperando la reactivación de la liga para demostrar su enorme talento y ayudar a “que mi equipo llegue lo más lejos posible en el torneo durante los dos próximos años que me quedan en la universidad de Gonzaga”.   

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“La fecha de examen coincidía con el día del partido”

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A la hora de poder disputar los certámenes universitarios, los atletas deben mantener su condición elegible durante los cuatro o cinco años que permanecen dentro de la institución educativa y ninguna de estas cláusulas es más importante que el mantener buenas notas en el aula de clases.

“La fecha de examen varias veces caia el mismo día en el que nos tocaba viajar a otra universidad para jugar un partido y teníamos que hablar con los profesores para acordar otra fecha de examen”, retoma Juncos sobre el desequilibrio que presenta la vida del estudiante atleta. 

Las exigencias que requiere balancear estas dos responsabilidades no son exclusivas de los grandes programas que componen el panorama universitario de Estados Unidos. Las escuelas de torneos menores, cómo la National Association of Intercollegiate Athletics (NAIA), también esperan que sus deportistas becadas puedan rendir en las aulas al mismo nivel del que lo hacen dentro de las canchas.

Sol Baldasini en su paso por la Universidad

Ese es el caso de Sol Baldassini, alumna graduada de Georgia College, que recuerda que “es complicado balancear lo académico y tu futuro educativo por el tema de entrenar todos los días. Cuando no estás practicando, estás jugando partidos. Si bien nosotras solo teníamos fecha los miércoles y sábados, el resto de los días estábamos entrenando en el gimnasio o en cancha, amplía Sol sobre lo que fue su ajustado cronograma durante los cuatro años de elegibilidad en la facultad.

En esta segunda entrega, abordamos los desafiós de mantenerse al maximo nivel. De las cientos de miles de jugadoras que se prueban intentan, solo el 2,4% logran hacerse con las escasas subvenciones otorgadas por las instituciones educativas de la elite conformada por la división uno del torneo. Esto produce una gran concentración de talentos, o sea las mejores jugadoras en las mejores universidades. Siendo formadoras de las futuras superestrellas de la disciplina en el marco global, estas instituciones conforman competencias que no solo rebalsan de talento nato, sino que también fomentan una cultura de exigencia deportiva que es difícil de igualar. La experiencia de Luana Muñoz, Sophia Braun, Natalie Juncos, Laila Espamer, Sol Baldassini y Vicky Morán.

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“Antes de ser atletas somos estudiantes”

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Luana Muñoz entrenando con Texas Tech

A su vez, Luana Muñoz destaca la impronta que toman los integrantes del cuerpo técnico y director deportivo de Texas Tech a la hora de cambiarles la forma de ver las cosas a sus jugadoras: “Acá nos marcan todo el tiempo que, antes de ser atletas, somos estudiantes y que, si bien las becas las conseguimos por nuestro rendimiento en la cancha, es clave mantener un nivel alto en las clases”.

La fortaleza física y mental que una jugadora universitaria debe construir es uno de los aspectos más importantes a la hora de poder adaptarse a este nuevo ambiente y poder tener éxito bajo estas reglas. “La vida del estudiante atleta dentro del campus universitario te hace crecer y madurar bastante rápido. Las primeras semanas fueron bastante duras, pero me obligaron a adaptarme y aprender a convivir con las exigencias”, expone Natalie Juncos sobre este proceso.

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“Yo trabajo para poder mantenerme y vivir acá”

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Vicky en el lanzamiento del Torneo en Ferro en el 2017

Esta transición es aún más difícil cuando uno crece por fuera del sistema de formación norteamericana: Victoria Moran, futbolista que en la actualidad se desempeña en la Universidad de Southeastern, se emprendió en esta aventura internacional luego de jugar en las canchas de barro que constituyen el terreno del Atlético Pilar.

“A pesar de que mi mamá siempre me dijo que deje de jugar porque me iban a lastimar, ella fue una de las que más me bancaron para que tome esta oportunidad”, declaró Victoria al tomar la decisión de participar en una prueba de una agencia de talentos en la que, luego de destacarse, recibió ofertas de múltiples universidades. 

“Fue una transición súper loca: pasar de Atlético Pilar y llegar acá que todo es super profesional fue un cambio enorme. En la universidad nos dan la ropa de juego y entrenamiento, comida, nos pagan los viajes y hoteles”, cuenta sobre su nuevo instituto luego de pasar los dos primeros años de su elegibilidad en la Universidad Faulkner, en Alabama.

El catalizador que agudiza la dificultosa situación con la que conviven los estudiantes atletas es la condición de amateurismo que deben respetar a rajatabla. Los deportistas no pueden recibir ningún pago externo por el uso de su imagen o desempeño en los juegos ya que en el caso de que lo hagan, serán sancionados por los entes organizadores y pueden perder la elegibilidad.

Por esta razón, otro de los factores a balancear es el de los recursos económicos para poder solventar los gastos básicos. Sin tener la posibilidad de recibir dinero por la firma de autógrafos, posters o fotos, las jugadoras se ven obligadas a buscar formas alternativas para poder pagar las cuentas.

“Yo trabajo para poder mantenerme y vivir acá”, explica Victoria sobre su situación actual y los altos costos que debe afrontar para continuar con su educación y desarrollo futbolístico.

“Los cuatro años fueron bastante difíciles al tener que cumplir con las responsabilidades que conlleva ser una atleta-estudiante en el campus. Las exigencias que tienen en cuanto a clases diarias, entrenamientos, viajes y recuperación física te terminan desgastando porque tenés que sobresalir en todo”, reflexiona Espamer sobre el duro camino que deben atravesar para poder continuar jugando al fútbol y empezar a construir su futuro una vez que abandonen los dormitorios universitarios.

Con lugares reservados para aquellas mujeres que no solo cuentan con el talento necesario para dar el salto al siguiente nivel, sino que también contaron con el espacio para mostrarlo, la batalla interna por el reflector principal puede jugar una mala pasada a la química colectiva del equipo.

“Obviamente existe una presión extra al saber que en algún momento vas a tener que dar el próximo paso y uno trabaja pensando en eso, pero yo no siento la necesidad de destacarme dentro del equipo”, cuenta Muñoz sobre el estado en el que se encuentran sus Red Raiders de Texas. “Hay jugadoras que están más preparadas para eso y otras que se sienten dominadas ante esta presión”, continúa explicando que ella entrena para el beneficio personal de ella y el colectivo del plantel.  

Por el otro lado, en los niveles más bajos las chances de llegar a disputar los torneos profesionales norteamericanos son aún más reducidas. Con menos scouts observando los partidos y analizando los movimientos de las jugadoras, las futbolistas que componen la NAIA tienden a jugar por la pasión misma que sienten por el deporte: “En el equipo, hay muchas de mis compañeras que juegan por amor al fútbol. Porque les encanta salir a la cancha y divertirse con la pelota en los pies”, aclara Victoria Moran sobre las metas de sus colegas de Southeastern.

A pesar de que los números están en su contra, la joven argentina de 20 años no se deja amedrentar, confiando profundamente en sus cualidades para destacar y alcanzar la futura profesionalización. “Yo debo ser una de las pocas que realmente se ve jugando al fútbol de forma profesional”, finaliza.

La confianza en uno mismo, el esfuerzo constante en las prácticas y el acelerado crecimiento para adaptarse a la vida universitaria del estudiante atleta son procesos que las jugadoras argentinas debieron hacerle frente y superar en la persecución constante por su sueño. La pelota nunca se detiene y ellas tampoco lo pueden hacer. Todo sea por tener la oportunidad de seguir jugando a este deporte cuyo amor por él las hizo romper con las probabilidades, emprenderse en nuevas aventuras y enfrentarse a nuevos e impensados desafíos. 

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